Antes de ser una serie de 8 capítulos de Marvel, Wonder Man es una corrección de rumbo. El personaje apareció por primera vez en Avengers #9 (1964), creado por Stan Lee, Jack Kirby y Don Heck, como una figura paradójica incluso para los estándares del cómic. Un hombre con habilidades extraordinarias cuya identidad siempre estuvo atravesada por el resentimiento, la inseguridad y el deseo de reconocimiento. A diferencia de otros héroes, Simon Williams nunca fue definido únicamente por la acción, sino por su dificultad para encajar, incluso entre superhumanos.
La serie toma ese rasgo y lo desplaza a un territorio inesperado, el de un actor fracasado, obsesivo y autodestructivo que sueña con interpretar a Wonder Man en una adaptación cinematográfica de prestigio mayor que la versión original (piensen en la película de Captain America de 1990 dirigida por Albert Pyun comprada con la actualización de Joe Johnston de 2011). Ese gesto de metacine es clave.
Aquí, el superhéroe no es el centro del relato, sino un espejo deformante donde se proyectan frustraciones profesionales, egos frágiles y la maquinaria absurda de la industria audiovisual (algo que probablemente los fanáticos jamás entenderán, como tampoco entendieron el sentido de la infravalorada serie de She-Hulk).
Yahya Abdul-Mateen II construye a Simon como un hombre agotado por su propia neurosis. No es carismático ni especialmente simpático; piensa demasiado, pregunta demasiado y arruina oportunidades. La serie no intenta hacerlo admirable. Al contrario, insiste en mostrar cómo su incapacidad para fluir lo mantiene atrapado en una carrera que nunca despega. Sus poderes (que existen, pero se reprimen) funcionan más como una amenaza que como una promesa. Una anomalía que, de ser descubierta, podría expulsarlo definitivamente del sistema.
Uno de los episodios más singulares de la serie es The Doorman, centrado en DeMarr Davis, interpretado por Byron Bowers, un antiguo portero del Club Wilcox cuyo cuerpo puede atravesar la materia y que permanece ligado a una dimensión infinita de puertas. Filmado en blanco y negro, el capítulo se aparta del tono general para construir una pieza casi autónoma, de espíritu sombrío y elegíaco, dedicada a uno de los superhéroes más oscuros del catálogo Marvel.
DeMarr intenta reinventarse como actor, pero sus habilidades provocan un accidente en pleno rodaje que termina derivando en la famosa “Cláusula del Portero”, una norma que prohíbe a personas con poderes trabajar en sets de filmación por lo impagable de los seguros. Lejos de la sátira industrial dominante en la serie, el episodio adopta una cadencia lenta y reflexiva para pensar el costo de la visibilidad, el castigo que acompaña a la fama y la imposibilidad de escapar del propio don. Bowers ofrece una interpretación tierna y triste, donde el poder deja de ser ventaja y se transforma en condena, haciendo de este capítulo una de las piezas más melancólicas y trágicas de Wonder Man.
Sin embargo, el contrapunto para Wonder Man es Trevor Slattery, interpretado por Ben Kingsley, un actor venido a menos que el MCU arrastra desde Iron Man 3, pasando por Shang-Chi And The Legend Of The Ten Rings. Lejos de reciclar el mal chiste relacionado con el villano farsante conocido como El Mandarín, Wonder Man le da a Trevor un nuevo peso dramático.
Estamos hablando de un actor patético, brillante, ex adicto, cobarde, irresponsable y, en ocasiones, genuinamente lúcido. Su relación con Simon es el verdadero núcleo de la serie. No se trata de una amistad idealizada, sino de un vínculo donde la mentoría se mezcla con el interés personal y la necesidad mutua de no desaparecer del todo. La referencia a Midnight Cowboy, el clásico de John Schlesinger acerca de la extraña amistad entre los perdedores Joe y Ratso, no es gratuita.
La gran sorpresa de Wonder Man es su interés casi obsesivo por el trabajo actoral. Episodios enteros se detienen en audiciones, elecciones de tono, discusiones sobre texto, ritmo y presencia. La serie observa esos procesos con una seriedad inusual para Marvel, sin ironía fácil ni condescendencia. En ese sentido, se acerca más a una comedia de industria tipo The Studio o The Franchise, que a una ficción de género; y su ritmo (episodios breves, diálogos largos) refuerza esa vocación íntima y casi teatral.
El componente superheroico queda relegado a los márgenes. Hay destellos de poder, momentos donde la amenaza se filtra, y la presencia constante del Departamento de Control de Daños introduce un subtexto de vigilancia y represión institucional. Pero la serie nunca permite que eso se imponga sobre lo cotidiano. Incluso cuando aparece la violencia, lo hace como consecuencia, no como espectáculo.
Formalmente, Wonder Man se apoya en una puesta en escena funcional y casi austera. No hay ambición visual desbordada ni despliegue de efectos. La cámara observa, acompaña, deja espacio para el diálogo y el gesto. Esa sobriedad podrá sentirse anticlimática para parte del público (esos que se parecen a los villanos machistas, racistas, clasistas e imbéciles de She-Hulk), pero es coherente con una serie que desconfía del exceso y prefiere explorar a las personas detrás de los personajes.
También hay algo deliberadamente anacrónico en su mirada sobre Hollywood. En tiempos de franquicias infinitas y productos diseñados por comité, Wonder Man se permite cuestionar el valor artístico, la repetición de fórmulas y la ansiedad por mantenerse relevante. No siempre acierta, y algunos episodios se estiran más de lo necesario, pero el riesgo está ahí.
Wonder Man no busca redefinir el MCU, sino abrir una grieta. Es una serie sobre segundas oportunidades que no llegan, talentos desperdiciados y amistades que aparecen cuando ya no se espera nada. Puede resultar frustrante para quienes busquen acción épica y derroche de efectos, pero su singularidad radica justamente en esa negativa. Que su creador, Destin Daniel Cretton, sea el próximo director de la nueva entrega de Spider-Man para cines, nos lleva a pensar que Marvel está arriesgándose en sus apuestas.
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