Dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugás, Aún es de noche en Caracas adapta la novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo con una decisión firme, la cual consiste en narrar el derrumbe de una ciudad no desde la explicación ideológica, sino desde la vivencia física y emocional de una sola mujer.
Natalia Reyes (Noviembre) interpreta a Adelaida, una mujer que atraviesa el duelo por la muerte de su madre mientras intenta abandonar un país que ya no reconoce. La película la sigue a través de protestas, funerales improvisados, calles tomadas y una violencia que nunca se anuncia, solo ocurre. Caracas no se presenta como contexto ni como denuncia directa. Es un espacio hostil donde lo cotidiano se vuelve amenaza y cada desplazamiento implica riesgo.
La tensión se intensifica cuando una milicia autodenominada “popular” ocupa el departamento familiar. El conflicto deja de venir de un poder abstracto y adopta un rostro inmediato e imprevisible. No hay heroísmo posible, tan solo huir, esconderse y aprender a no ser visto. La hostilidad no distingue bandos y la supervivencia se vuelve una negociación constante.
La llegada de Santiago (Moisés Angola) introduce una relación ambigua, marcada más por la necesidad que por la confianza. Los recuerdos de un amor pasado, encarnado por Édgar Ramírez, también productor de la cinta, aparecen como restos de una vida anterior, irrepetible, que ya no ofrece refugio ni consuelo.
La fotografía de Juan Pablo Ramírez privilegia interiores cerrados, pasillos, ventanas selladas y noches interminables. Caracas casi nunca se muestra completa. Existe como ruido y amenaza fuera de cuadro (la cinta tuvo que ser filmada en Colombia y México). El montaje de Soledad Salfate sostiene el pulso de auténtica pesadilla, donde la espera resulta tan inquietante como la violencia explícita. Aquí no hay discursos ni panfletos: la política aparece filtrada por el miedo, la pérdida y la erosión de lo cotidiano.
La apuesta más clara y también la más riesgosa, es su negativa a explicar. Aún es de noche en Caracas no busca causas ni ofrece salidas; observa cómo una persona común queda atrapada cuando el tejido social se rompe. Esa elección puede incomodar a quienes esperen una lectura histórica directa, pero es precisamente lo que vuelve a la película más inquietante y reconocible. No es el retrato de una ideología en crisis, sino de una ciudad que deja de proteger a quienes la habitan y donde el ser, el estar, el tener y el hacer se alteran de la noche a la mañana, causando desarraigo, pérdida de identidad, sensación de inutilidad y un miedo profundo.
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