Las películas animadas francesas a menudo se despliegan como si fuesen dibujos encontrados en los márgenes de un cuaderno escolar. Sencillos en apariencia, pero cargados de detalles que solo se revelan cuando se observan con paciencia. Arco pertenece a esa estirpe. Bajo su superficie amable y melancólica, esta aventura animada formula una pregunta que no es tan ingenua como parece: ¿y si los arcoíris fuesen huellas del futuro, rastros de viajeros que tejen un puente entre siglos para recordarnos que la curiosidad aún puede salvarnos?
El director Ugo Bienvenu, reconocido por su sensibilidad gráfica en cortos animados y videos musicales, utiliza para su primer largometraje, producido por Natalie Portman, la animación tradicional no como un gesto nostálgico sino como un modo de recuperar el trazo humano, la imperfección respirable y el pulso que las texturas digitales suelen borrar.
En ese espacio intermedio (ni totalmente retro ni totalmente futurista) sitúa la historia de Arco, un niño del año 3075 que se adelanta a su iniciación como viajero del tiempo y cae, inesperadamente, en el año 2075.
El futuro del que proviene Arco es casi un sueño bucólico. Colonias suspendidas en el cielo, hogares verdes que parecen invernaderos elevados, familias que recorren la historia con túnicas de arco iris como quien hojea un álbum familiar. Es un porvenir que ha logrado reorganizar la relación entre la humanidad y el planeta, pero que no ha resuelto el hambre de aventura que late en los más jóvenes. Ese deseo empuja al niño a tomar prestado el traje temporal de su hermana y lanzarse a su primera travesía.
El aterrizaje forzoso en 2075 (una época desgastada por incendios, climas violentos y ciudades encapsuladas en cúpulas protectoras) desencadena la trama detonada por el encuentro entre Arco e Iris, una niña que vive con un hermano pequeño y un robot-niñera programado para sustituir la presencia de unos padres siempre ausentes. El intercambio entre ambos no es idílico; es torpe, inmediato e inevitable. Arco mira el mundo de Iris con desconcierto; Iris mira a Arco como quien encuentra una anomalía preciosa en un paisaje donde la esperanza escasea.
Bienvenu construye ese vínculo con un respeto poco frecuente en el cine dirigido al público infantil. Los diálogos no subestiman; las miradas contienen información, los silencios se escuchan, la ternura no se grita. Y cuando Arco le enseña a Iris a imitar el canto de un pájaro (un gesto insignificante para él, pero revolucionario para ella) la película alcanza uno de sus momentos más delicados.
El guion, coescrito por Bienvenu y Félix de Givry, equilibra con elegancia la aventura con la reflexión ambiental. El 2075 que Iris habita se asemeja demasiado a lo que conocemos con unos incendios forestales que devoran vecindarios, robots que han reemplazado profesiones enteras, supermercados vacíos y ciudades aterradas por su propia fragilidad. Pero el filme no se abandona al pesimismo. Ese porvenir quebrado es también el origen de una utopía que tardará siglos en consolidarse. Bienvenu sugiere que los ciclos de destrucción y reparación no son inevitables.
Visualmente, la película funciona como un prisma. El diseño de personajes conserva un trazo suave, casi artesanal, mientras que los fondos incorporan una densidad atmosférica que recuerda tanto al cómic europeo como al anime de Hayao Miyazaki (Ponyo) y Makoto Shimnai (Your Name) que valora el detalle sin convertirlo en un exceso. Se percibe también la huella y la afinidad con Moebius y René Laloux (Planeta salvaje). Arco parece un filme dibujado con lápices de colores, pero también con la conciencia de que cada color puede apagarse si dejamos de cuidarlo.
La metáfora del arcoíris (niño Arco + la niña Iris) no es un gesto decorativo sino la idea central de la cinta sobre cómo las conexiones improbables son las que generan horizontes nuevos. El arco y la luz, el futuro y el presente, lo que fuimos y lo que seremos. Y es que los arcoíris no aparecen solos: requieren lluvia (lágrimas), luz (risas) y el encuentro de dos fuerzas que no siempre dialogan (tecnología y humanidad).
La presencia de Mikki, el robot-niñera, introduce uno de los elementos más interesantes de la película: la inteligencia artificial como archivo emocional. Mikki no es un personaje chistoso ni una burla de la domesticidad; es un guardián de memorias, diseñado para preservar instantes que los humanos olvidan entre tantas crisis. Su papel en la historia, que a veces nos recuerda a The Wild Robot, desafía las nociones tradicionales sobre los vínculos entre humanos y máquinas y aporta una tristeza inesperada a los minutos finales.
El trío de «villanos» funciona como contrapunto cómico. Son tres hermanos que, más que antagonistas, parecen espectros de un mundo que perdió la capacidad de asombrarse. Sus teorías descabelladas, su torpeza y su obsesión con los “habitantes del arcoíris” revelan un corazón infantil que nunca encontró pruebas para seguir creyendo (de ahí sus gafas de arco iris). Ellos nos recuerdan que incluso los perseguidores pueden estar movidos por un viejo anhelo de maravilla.
El tramo final, marcado por un incendio que avanza como una advertencia mitológica que nos hace pensar en Bambi, combina tensión con un lirismo extraño. Las llamas parecen espectros y las decisiones de los niños adquieren un relieve heroico sin grandilocuencias. En ese minuto en que Arco debe decidir si volver a casa o quedarse, la cinta revela su verdadero corazón. Los viajes en el tiempo no son escapes, sino espejos que muestran a cada generación la responsabilidad que tiene sobre la siguiente.
Arco sabe que la niñez observa el mundo con una mezcla de alarma y entusiasmo, y elige honrar esa mirada. No encubre el desastre; tampoco renuncia a la posibilidad de superarlo. Cuando sus protagonistas miran el cielo y buscan ese destello de color que anuncia un salto temporal, lo que están buscando, sin saberlo, es la confirmación de que el mundo aún puede transformarse.
Y cuando Arco finalmente comprende que regresar significa también dejar algo atrás, la película alcanza su punto más conmovedor en ese instante en el que un niño entiende que crecer no es abandonar la fantasía, sino llevarla consigo hacia un lugar donde pueda seguir iluminando a otros.
Tráiler:
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