Bob Weir es recordado como una figura transformadora cuya forma de tocar la guitarra dejó una huella imborrable en Grateful Dead y en el rock & roll en general. De hecho, fue un pionero cuyo enfoque único de la guitarra rítmica fue malinterpretado, pasado por alto e infravalorado por años.
El simple hecho de que Jerry Garcia haya elegido a Weir como su mano derecha durante tres décadas en Grateful Dead habla por sí solo. Garcia nunca se limitó a la hora de expresar su admiración por su compañero, llegando a llamarlo en una ocasión “un músico increíblemente original en un mundo donde todos suenan igual”.
El músico que falleció el 10 de enero dedicó su vida artística a forjar un estilo propio de guitarra rítmica que fue clave en el sonido de Grateful Dead. En lugar de tocar acordes constantes y repetitivos, su enfoque se basaba en el contrapunto y los riffs, llenando los espacios entre los bateristas de la banda y el bajo, igual de poco convencional, de Phil Lesh.
Su explicación sobre cómo desarrolló este enfoque —que él mismo definió como su “sucio secretito”— fue que en lugar de intentar copiar a otros guitarristas, tomó como referencia a pianistas, en especial a McCoy Tyner del John Coltrane Quartet. “Simplemente me encantaba lo que hacía con Coltrane, así que desde los 17 años me quedé con eso e intenté interiorizarlo”, me contó Weir. “Cada vez me fui acercando más a eso. Fui muy afortunado de encontrar un rol perfecto para mi manera de tocar a una edad tan temprana. Jerry también estaba muy influenciado por músicos de viento, incluido Coltrane”.
Cuando le pregunté a John Mayer, compañero de Weir en Dead & Company desde la formación de la banda en 2015, en 2016 sobre la forma de tocar de Weir, también mencionó a una leyenda del piano jazz: Bill Evans, conocido sobre todo por su trabajo en el histórico álbum Kind of Blue de Miles Davis. “Bob es un auténtico prodigio”, dijo. “Su manera de entender los acordes y el acompañamiento en la guitarra es tan original que casi cuesta apreciarlo del todo hasta que te metes a fondo en lo que está haciendo. Es divertido y me alegra mucho tocar a su lado”.
Mayer destacó la habilidad de Weir para invertir acordes, por ejemplo, cuando ponía la nota fundamental —como el mi en un acorde de mi— en el centro en lugar de abajo, que es donde suele ir. He entrevistado a muchos músicos sobre lo que significaba tocar con Weir, y hasta a los más experimentados les brillan los ojos cuando hablan de él. Nombres como Mayer, Trey Anastasio, Warren Haynes y Billy Strings no escatimaron elogios, algo que se puede comprobar con solo dar un vistazo a las redes sociales.
Don Was, cuya extraordinaria carrera incluye trabajos con los Rolling Stones, Gregg Allman y Bonnie Raitt, recuerda con respeto sus siete años tocando el bajo junto a Bob Weir y Wolf Bros. “Ojalá hubiéramos podido tocar 350 shows al año”, comentó. “No hay otro guitarrista en el mundo que toque como él. Nunca toca algo ni remotamente de la misma manera dos veces seguidas y, de un momento a otro, puede pasar de ser tan crudo como John Lee Hooker a ser tan sofisticado como Andrés Segovia”.
Todos los que tocaron con Weir parecen hablar así de él, y probablemente sea porque estaba obsesionado con llevar cada canción hacia un lugar nuevo y con inspirar a otros músicos con cada cambio de acorde. Probablemente tocó frente a más gente que cualquier otro músico en la historia y, cada vez que lograba vencer su miedo escénico y ponerse bajo los reflectores, llevaba consigo alegría y magia. Eso mismo despertaba en quienes tocaban a su lado: los mantenía alerta y les devolvía el placer de tocar música.
Weir me describió su dedicación a tocar una guitarra complementaria como “arrimar el hombro”, pero lo que implicaba era una forma de trabajo arduo que desató la imaginación de Garcia y de todo el que tocara con él. Todos expresaban su admiración por las decisiones poco habituales que tomaba el guitarrista y la manera en que eso empujaba a los solistas a hacer elecciones más interesantes por cuenta propia.
“Sus acordes y patrones rítmicos tan únicos te empujan a tocar de otra manera y a superar tus límites”, dijo Haynes, quien tocó con frecuencia junto a Weir, incluidas dos etapas en Dead & Company. “De forma muy natural te llevaba a mucho vaivén, al contrapunto, a la llamada y a la respuesta. Y tenía ese maravilloso sentido de no necesitar comparar este momento con ningún otro. Enfrentaba cada canción, cada actuación, con una mirada fresca. Es algo intangible, pero fue absolutamente crucial en todo lo que hacía”.
Oteil Burbridge, bajista de Dead & Company, quien al igual que Mayer tenía poco bagaje en la música de Grateful Dead antes de la formación de la banda, quedó asombrado por el énfasis de Weir en buscar algo nuevo cada noche, en cada canción. “Es un entorno maravilloso para, simplemente, lanzarte”, me dijo Burbridge. “La Biblia dice que el amor cubre multitud de pecados, y una sesión de improvisación realmente buena, en la que vas a un lugar al que nunca has ido antes, borra cualquier error. No se trata de la ejecución. Se trata de intentar encontrar algo nuevo. Esa siempre fue la mentalidad de Bobby”.
El enfoque poco convencional de Weir hacia la guitarra también se extendió a su forma de componer. Muchas de sus canciones, en especial ‘The Other One’, empleaban compases poco habituales en la música occidental, pero comunes en la música india, de la que tomó gran parte de su inspiración.
Weir atribuía eso a la “explosión de la música clásica del norte de la India en la cultura popular estadounidense” que se produjo después de que los Beatles estudiaran con Maharishi Mahesh Yogi, fundador de la Meditación Trascendental. Como en todo lo que hacía, Weir abordó esta exploración con una intención clara. No solo recibió directamente del Maharishi el mantra de meditación que usó desde entonces, sino que se sumergió de lleno en la música del sitarista Ravi Shankar y del sarodista Ali Akbar Khan. Fue más allá de los adornos o riffs de inspiración india que muchos de sus contemporáneos incorporaban, y trabajó también con esos compases tan particulares. “Para siquiera empezar a apreciar su música, hay que ser capaz de contar en sus compases”, me dijo.
Por más que Weir empujara a sus compañeros de banda hacia direcciones interesantes e inesperadas, también se mantuvo siempre abierto a dejarse llevar por lo que ellos tocaban. Encontró un gran disfrute en los primeros años de Dead & Company alentando a Burbridge y a Mayer a encontrar sus propias voces y caminos dentro del repertorio de Grateful Dead. Le fascinaba que se acercaran a esa música con ojos y oídos nuevos. “Tengo que cambiar por lo que ellos están haciendo”, reflexionó Weir. “Tengo que escuchar eso y decidir por mí mismo si es ahí a donde quiero ir”.
Por último, insistía en que eran las propias canciones las que decidían hacia dónde querían ir y reconocía que hablar de ellas como si tuvieran libre albedrío probablemente lo hacía “sonar un poco hippie”. Luego sonreía y admitía que la descripción le encajaba. Para él, las canciones y sus personajes eran seres vivos, y tenían voz en cómo debían expresarse cada noche. Y como él conocía a esos personajes mejor que sus compañeros más jóvenes, le correspondía preguntarle a cada canción hacia dónde quería ir.
“¿Intento llevarla de vuelta hacia la versión original o trato de avivar el fuego en esta nueva dirección? A veces es una decisión bastante arbitraria de mi parte, y hay algo de aventura en eso”, comentó Weir. “A veces sé lo que estoy haciendo. Esta música me lleva a distintos lugares, y siempre estoy listo para ir”.
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